lunes, 15 de agosto de 2011

Diario de un viaje a Marrakech: día 1


Desde que estuve en Túnez hace unos añitos estaba deseando volver a algún país árabe. Por su cercanía y su fama siempre me atrajo Marrakech así que cuando me surgió la oportunidad de volar barato no lo pensé ni un segundo. Me asustaba un poco eso de volar con Ryanair por toda la mala imagen que tienen, pero la verdad es que no hemos tenido ni el más mínimo problema. Tienen sus normas, pero en todo momento estás bien avisado de ellas y no intentan estafarte con nada como se dice por ahí. De modo que me declaro defensor absoluto de esa compañía aérea que me ha permitido viajar a otro continente por un precio inferior a lo que cuesta un autobús a ciudades que están a solo 200 kilómetros de mi casa.

Tras no haber conseguido dormir nos levantamos a las 3:30 de la madrugada para salir camino a Barajas. Llegamos a Marrakech a las 6 y pico de la mañana (hora de allí, que son 2 horas menos) y nos pusimos a rellenar el papelito de rigor con tus datos. Ya en esos instantes esperando la cola para enseñar el papel y el pasaporte encontré la primera curiosidad. No sé si será por el calor, pero las moscas, aparentemente iguales que las de aquí, estaban como atontadas. Si se te posaba una en el brazo no bastaba con agitarlo ligeramente como con las españolas para que se fuera, tenías que agitarlo mucho más, de hecho podías llegar a tocarlas con el dedo sin que se fueran.

Como era pronto para ir al hotel habíamos pensado ir directamente al centro a dar una vuelta, para hacer tiempo hasta que fuera la hora de que nos pudieran dar nuestra habitación. Nada más salir a la calle empezaron a acosarnos los taxistas pidiendo unas cantidades desorbitadas, que aunque se pueden regatear (como todo) supongo que intentarán aprovecharse de los recién llegados. En vez de eso cogimos un autobús Alsa que estaba al lado y que nos dejaba directamente en la plaza Jamaa el Fna, la que dicen es la plaza más transitada de África y de las primeras del mundo. No sé si será tanto, pero desde luego es el corazón de la ciudad y durante el viaje casi nuestra segunda casa por la cantidad de veces que pasamos por ella.

Tengo que reconocer que la primera vez que llegué a la plaza me decepcionó. No es especialmente bonita y estaba medio vacía, solo había algunos puestecillos abiertos, algunos turistas y poca gente local. Pero sobretodo porque olía todo a pis de caballo, aunque hay que decir que estaban barriendo y regando la plaza. Después de haberla visto a todas las horas del día es comprensible que a esas horas de la mañana me decepcionara, pero como primera impresión no fue buena. Dimos una pequeña vuelta por la plaza y por el principio de las calles de la medina (medina = ciudad vieja, lo que sería el casco histórico o algo así) y decidimos ir andando al hotel paseando tranquilamente.

No tardamos demasiado en desorientarnos. Es curioso porque estos días hemos recorrido callejuelas laberínticas que parecen todas iguales y no nos hemos perdido ni un solo instante, de hecho hemos llegado a los sitios casi sin querer, pero esa primera mañana nos perdimos recorriendo anchas avenidas. Preguntamos a una mujer por el nombre de la avenida de nuestro hotel y nos indicó erróneamente. Después de estos días allí creo que el nombre de las calles es algo irrelevante porque ningún taxista conocía el nombre de la avenida del hotel (Avenue du Président Kennedy). Viendo el lado positivo durante el rato que estuvimos perdidos vimos cosas interesantes como un cementerio musulmán o la puerta Bab Agnau, que aunque en ese momento nos pasó desapercibida resulta ser una de las más importante de la muralla. De paso nos fuimos familiarizando con el tráfico de la ciudad, aunque a esas horas de la mañana no estaba en su máxima plenitud, así como con lo pesados que son los taxistas, que tocaban el claxon en cuanto nos veían. También nos íbamos haciendo una idea del calor que íbamos a pasar, porque no eran ni las 9 de la mañana y ya pegaba fuerte el sol.
Por fin llegamos al hotel. No había empezado muy bien la mañana. Ya estábamos cansados, acalorados y pensando que Marrakech solo olía a pis de caballo y humo de los coches. Aunque todavía no era la hora que nos correspondía entrar a la habitación nos dejaron hacerlo. Estábamos mirando lo bien que pintaba la habitación cuando nos dimos cuenta que el botones no se iba, entonces fue cuando caímos en la cuenta de que habría que darle una propina para que se fuera, como pasa en las películas. La única pega fue que nos faltaban unas sábanas en la habitación y aunque nos costó hacernos entender (allí nadie hablaba español y ni demasiado inglés, igual que nosotros) al final una amable mujer que no hablaba nada que no fuera árabe nos las llevó y nos hizo la cama. Desayunamos, recargamos energías y a partir de ahí ya solo pasaron cosas buenas. La habitación tenía muy buena pinta, igual que los jardines, la piscina y el resto de instalaciones del hotel.

Para aprendernos el camino correcto, que en realidad no era tan largo, decidimos volver andando a la plaza. Ahí fue cuando empezamos a ser conscientes de cómo es el tráfico de Marrakech, de la inexistencia de semáforos para peatones y de la inutilidad de los pasos de cebra, que no sé por qué se molestan en pintar. Hay que desarrollar un sexto sentido para adaptarse al caos, para visualizar al tráfico y cruzar entre motos calculando su velocidad y trayectoria hasta encontrar el hueco para meterte. Suena complicado pero el segundo día estábamos totalmente adaptados, será que viniendo de la jungla de Madrid tampoco es tan inmensa la diferencia. Es destacable la cantidad de carrozas que hay a caballo por la ciudad, siempre a la caza y captura de turistas.

Recuerdo el momento en que, ya descansado y desayunado, vi delante de mí la muralla de la ciudad con su barro color rojizo y sus agujeros cuya utilidad desconozco. Ya la habíamos visto en una calle cuando estábamos empezando a perdernos, pero no llamó tanto mi atención como ahora. En ese instante empecé a ser consciente de donde estaba, la gran Ciudad Roja, la Perla del Sur o la Tierra de Dios, que es lo que significa literalmente su nombre en lengua bereber, y en ese instante sentí que iba a ser un gran viaje, no me equivoqué.

Caminamos bordeando la muralla, penetramos por uno de los múltiples arcos que sirven de entrada, pasamos por un paseo ajardinado muy bien cuidado y por la puerta del hotel Mamounia, al que acuden muchos de los los famosos cuando van a Marrakech y donde Alfred Hitchcock rodó El hombre que sabía demasiado. Y así llegamos a la Koutoubia, la mezquita más importante de la ciudad. No es super preciosa, ni super grande, pero no por ello deja de impresionar. Dicen que sirvió de modelo para la Giralda de Sevilla y es cierto que se dan un aire. Por supuesto solo la vimos por fuera, porque los no musulmanes tienen prohibida la entrada. A estas alturas ya del mediodía empezaba a sentir que el calor iba a ser demasiado para mí. Nunca en mi vida he sudado tanto como ese primer día, ni siquiera en el calor húmedo de Punta Cana. Nos pusimos a callejear en busca de agua fresca y un banco para cambiar a dirhams, mientras yo creí que me iba a dar algo. El aire acondicionado del banco y el agua fresca, por el que intentaron estafarnos unos dirhams, me devolvieron a la vida, ya no volví a pasarlo tan mal en el resto del viaje. Si los españoles somos famosos por la picaresca somos unos aficionados comparado con los marroquíes, te darán mal el cambio una y mil veces, intentarán cobrarte cosas que no has pedido o que has pedido pero se les olvidó traerte. Hay que ir con paciencia y sin enfadarse, contar y sumar bien y no tienes porque tener ningún problema.


Con el estómago lleno de agua y los bolsillos llenos de dirhams comenzamos a hacer lo mejor que se puede hacer en Marrakech: caminar sin rumbo por las callejuelas y zocos de la medina. Dicen que lo normal es perderse y necesitar ayuda para poder salir, pero debe ser que ya habíamos llenado el cupo de pérdidas por la ciudad. Es curioso ver que también hay motos y bicis por esas callejuelas que en cualquier ciudad española serían obligatoriamente peatonales. Algunos pasan asombrosamente rápido entre la gente que parece tener un sexto sentido para intuir las motos que llegan incluso por su espalda. Rara vez los motoristas tienen que echar pie a tierra, solo cuando algún turista no se da cuenta de que tiene que apartarse, como me pasó a mí. Estábamos regateando por un par de colgantes que yo quería y de pronto un motorista cabreado me atropella la pierna (sin hacerme daño, solo para que me quitara del medio). A mi hermano le atropelló un carro tirado por un burro en circunstancias parecidas, pero al menos a él le pidieron perdón, no que se quitara del medio con mala cara. Pero el segundo día ya has desarrollado también este sentido, y ya van siete.

En ese primer callejeo me dio un poco de cosa llevar mi cámara de fotos colgada al cuello. A un madrileño se le hace raro poder ir por una callejuela de mal aspecto y no correr peligro, pero allí el peligro es inexistente, en ningún momento vimos nada raro ni nos sentimos intranquilos, es una pena que ese primer día no hiciera todas las fotos que me hubiera gustado porque encontramos sitios muy interesantes. Por ejemplo llegamos a una zona en la que en todos los locales estaban tiñendo lana y ropa, todo muy colorido y artesanal. Otro ejemplo es el hombre que llevaba cabezas de cordero y se le cayeron rodando por la calle, tétrico pero me hubiera gustado fotografiarlo. Es digno de reseñar (y de agradecer) que la mayoría de calles de la medina están techadas, lo cual hace que la temperatura sea mucho más agradable por el día, aunque por la noche el efecto sea un poco al revés. 

Sin darnos cuenta nuestro caminar sin rumbo nos llevó a la plaza Jamaa el Fna, ahora con más ambiente y menos malos olores. Llama poderosamente la atención ver los restos del atentado que hubo en la plaza en el mes de abril. Han colocado una especie de lona gigante, pero por los laterales se ve el café en el estado ruinoso en el que quedó. No entiendo porque no lo han demolido o reconstruido, porque no es una buena imagen, sobretodo para aquellos que vayan con el miedo que se tiene cuando viajas aun país árabe por primera vez. Un miedo infundado que nos han metido interesadamente por los ojos a los occidentales, un miedo que casi no puedes evitar aun siendo consciente de que es infundado, pero que se cura durante las primeras horas. Si de una cosa te das cuenta desde el primer minuto es que los musulmanes no son ese enemigo que algunos nos han querido vender y que muchos se han creído.

Tras el paseo una parada en boxes en una terracita a beber coca-cola, que sabe ligeramente diferente que la de aquí pero sin dejar de saber a coca-cola. Después decidimos caminar un poco más hacia la zona moderna, buscando un lugar para comer. Las horas centrales del día, esas que recomiendan evitar en un lugar tan caluroso, ya estaban en su máximo esplendor cuando encontramos un pizza hut en el que decidimos comer. Hubiéramos deseado que el aire acondicionado estuviera a menos grados, pero nos conformamos con el agua fresquita para contrarrestar los 46 grados que ponía en un termómetro de la calle. Comimos bien, preguntamos a la camarera por un supermercado y llegamos a un Carrefour en el que nos aprovisionamos de litros y litros de agua. Dejamos el agua enfriando en la nevera de la habitación, mientras en aire acondicionado nos daba la bienvenida y la piscina nos esperaba, si el paraíso existe debe ser así.

Tras un baño en la piscina y la ducha pertinente nos dirigimos a la plaza caminando una vez más. Pasamos nuevamente por la mezquita Koutoubia mientras sonaban alarmas y voces por megafonía que anunciaban el fin del ayuno. Si nosotros lo pasamos mal por el calor los lugareños, por muy acostumbrados que estén, deben pasarlo fatal cuando el ramadán cae en pleno verano como ha sido el caso y no pueden ni beber ni comer. Llegamos a la plaza, ahora si mucho más animada, a buscar algún sitio para cenar y nos encontramos a unos chicos que coincidieron delante nuestro en la cola para embarcar. Nos recomendaron un puesto en concreto y tras barajar otras opciones y sufrir el acoso de montones de camareros que nos decían que su puesto era “mejor que Arzac” o “más barato que eroski” nos decidimos por el puesto que nos habían recomendado, el número 1. Pedimos cous-cous de carne, tajine de pollo y pinchos de carne y pollo. Los pinchos me encantaron y el tajine estaba rico, pero el cous-cous no me gustó demasiado (tampoco me gustó demasiado ninguno de los que probé en Túnez). Añadir que el pan estaba buenísimo, que comimos 4 personas por 10 euros y que esta vez si nos dimos cuenta de que nos habían estafado 10 dirhams cuando ya era tarde para reclamar (menos de 1 euro). Como postre hicimos lo que todo el mundo debería hacer en la plaza, tomarse un zumo de naranja. No tiene nada de diferente a un zumo español, pero es algo muy típico como así lo atestiguan las decenas de puestos adornados con naranjas y sería imperdonable irse de la ciudad sin haberlo probado.

Cuando ya íbamos de camino al hotel para dormir ocurrió lo que, al menos a mí, más me ha impresionado de todo el viaje. Cientos o incluso unos pocos miles de personas estaban en la explanada de al lado de la mezquita Koutoubia rezando hacia la Meca. La mezquita por dentro también estaba llena, hombres y mujeres siempre por separado, tanto dentro como fuera. Por megafonía sonaban cánticos y rezos mientras la gente respondía murmurando. Da igual si eres cristiano o un ateo absoluto como yo, es inevitable sentir la energía que transmite ver a tal multitud rezando a la vez, haciendo movimientos al unísono mientras suenan pasajes del Corán. Es imposible no emocionarse al contemplar esa escena tan cargada de fuerza por muy ajena que te resulte. Es una de las cosas más emotivas que he visto en mi vida, te hace comprender porque en pleno siglo XXI cuando las religiones están en retroceso el Islam sigue en una expansión imparable.

Para finalizar el día volvimos andando al hotel una vez más. El cansancio se había apoderado de mí, no habría sabido ni volver a pesar de conocer ya el camino. Habíamos andado cerca de 20 Km, el día siguiente iba a ser cuestión de moverse en taxi. La cama era comodísima, pero creo que hubiera dado igual si no lo fuese, caí rendido en pocos minutos.

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