martes, 23 de agosto de 2011

Diario de un viaje a Marrakech: día 3


La mañana del tercer día en Marrakech la dedicamos a visitar el resto de edificios que en las guías de viaje consideran imprescindibles. Comenzamos con un desplazamiento en taxi hasta las Tumbas Saadíes. Se encuentran junto a una mezquita de gran tamaño, que supongo será de las más importantes porque posee uno de los minaretes más altos y vistosos de la ciudad. Para acceder a las tumbas hay que meterse por un callejón estrecho y tortuoso, lo que permitió que durante la ocupación francesa pasaran desapercibidas durante muchos años para los occidentales. Los lugareños, que consideraban el lugar sagrado, ocultaron siempre su existencia. Data de finales del siglo XVI y como su nombre indica alberga las tumbas de los sultanes de la dinastía saadí, así como de personas de menor rango. Llama la atención la distinta orientación de los cristianos y musulmanes allí enterrados, estos últimos mirando hacia la Meca. Es un lugar interesante y bonito, se encuentra junto a la muralla y los interiores poseen bellos techos y grabados en las paredes.


La siguiente visita era el Palacio Badi, al que fuimos caminando al encontrarse cerca. En el paseo pude comprobar algo que a un alcalaíno como yo le hizo mucha ilusión, había decenas de cigüeñas en las murallas del palacio. Tras comprar la entrada a un hombre muy borde (de los pocos bordes que nos hemos encontrado) entramos al palacio. Al verlo más de uno podría pensar que no merece la pena, pero  teniendo en cuenta que el precio de entrada en todos los edificios es de 10 dirhams (menos de 1 euro) desde luego que si merece la pena. He leído que este palacio se inspiró en la Alhambra de Granada, pero a pesar de ser de la misma época que las tumbas y también levantado por los saadíes este se encuentra en un estado bastante ruinoso. Lo que más recuerdo de la visita es el calor que pasé recorriendo el inmenso patio interior a pleno sol. En un rato de descanso nos llamaron la atención las hormigas, diferentes a las que se pueden ver en España, con la parte trasera del cuerpo más levantada hacia arriba (ya bautizadas como hormigas de culo levantado). También nos amenizó la visita un gato al que estuvimos acariciando mientras ponía cara de estar en la gloria. Si tuviera que poner un apodo a Marrakech sería la ciudad de los gatos, porque hay cientos de ellos, sobretodo en la medina. Pero lo más destacable para mí fue la subida a un mirador en el que se podía ver gran parte de la ciudad. Otra vista de los tejados y las antenas parabólicas presentes en cada casa con la Koutoubia al fondo, toda una postal típica Marrakechí.


Nos ponemos en camino hacia el tercer destino del día, el Palacio de la Bahía, muy próximo al anterior. Este palacio fue encargado por un visir (la persona más importante después del sultán) a finales del XIX y fue construido con la intención de ser el palacio más grande del mundo. Para mí es con diferencia el edificio más bonito que vimos el tercer día. Varios patios preciosos y los interiores más impresionantes aún. Totalmente recomendable.

Al salir montamos de nuevo en un taxi para hacer el trayecto más largo de todo el viaje. Dirección norte hacia los jardines Majorelle, ubicados en una zona residencial más moderna. Estos jardines fueron construidos en los años veinte del siglo pasado por un pintor francés que los da nombre y comprados y restaurados posteriormente por el modisto Yves Saint Laurent. Nos los habían recomendado una pareja que nos encontramos en el hotel y también aparecen en todas las guías de viaje como imprescindibles, pero creo que a todos nos pareció lo menos interesante de todo cuanto visitamos. Y si además le añadimos que el precio de entrada es de 40 dirhams (cerca de 4 euros) yo personalmente no lo recomiendo en absoluto. Es una especie de jardín botánico que no está mal, pero no es nada que no puedas ver en cualquier ciudad europea. En todas las postales aparece el contraste de las plantas con un edificio de azul intenso y eso es lo único llamativo de los jardines, esa única casa pintada de color tan vivo. Incluso el memorial dedicado a Yves Saint Lauren, muerto en 2008, nos pareció cutre y sencillo.


Salimos de los jardines con la idea de tomar algo pero una horda de taxistas nos ataca con sus propuestas. Un hombre nos ofrece una oferta irrechazable, así que decidimos aplazar lo de tomar algo para después. Ese hombre parece una especie de relaciones públicas de los taxistas y nos manda a uno de ellos que no está dispuesto a llevarnos por el precio que el hombre nos había dicho. Decidimos mandarlos a paseo y entramos a tomar algo a un bar bajo el aparato de aire acondicionado que marca 18 gloriosos grados. Las cosas buenas le ocurren a quien sabe esperar, y a la salida encontramos el mejor y uno de los más baratos taxis de todo el viaje. Un monovolumen inmenso con aire acondicionado y con un taxista muy majo que nos dejó su tarjeta para por si en futuros viajes a Marrakech queremos que nos lleve fuera de la ciudad a alguna excursión. Tomamos rumbo por enésima vez a Jamaa el Fna.

También por enésima vez nos dedicamos a callejear un rato por la medina mientras hacemos hambre para comer. Como aperitivo compramos unas aceitunas en un puesto, estaban buenísimas. Hacemos algunas de las compras que nos quedan por hacer y en especial nos dedicamos a regatear por unas babuchas. Me llaman mucho la atención los puestos de dulces, por muchos que haya visto durante el viaje no dejaban de sorprenderme. A los árabes en general y los marroquíes en particular les encanta el dulce y son muy habituales los puestos en los que se venden. Hay que decir que suelen estar llenos de moscas y que eso no nos animó a probar ninguno. Lo curioso es que incluso en la mejor y más famosa pastelería de la ciudad las vitrinas están llenas de moscas también.

Para comer fuimos a la pizzería en la que el día anterior estuvimos bebiendo unos zumos, en pleno Jamaa el Fna. A pesar de que el dueño parecía italiano las pizzas no me parecieron gran cosa y fue con diferencia la comida más cara del viaje. Al menos de postre nos comimos unos deliciosos crepes con nutella que hubieran compensado la comida más asquerosa del mundo. Durante esa comida nos dimos cuenta de una cosa, no estábamos para nada adaptados al horario de la ciudad en época de ramadán. Cerraron mientras estábamos dentro y ya en el restaurante en que cenamos la noche anterior fuimos los últimos clientes en marcharse antes de que cerraran. Aunque era la hora de la siesta y el sol pegaba con mucha fuerza en la plaza siempre hay vida. En ese momento fue cuando hice algo que en las guías recomiendan no hacer, hacer fotos de estrangis a las cobras de los encantadores de serpientes. Tienen una especie de sexto sentido para ir a cobrar dinero a todos los que hagan fotos a las serpientes, aunque las hagas desde lejos con un buen zoom. De hecho el primer día me reclamaron dinero sin ni siquiera haber encendido la cámara. El caso es que mientras reclamaban dinero a la gente yo hice las fotos a pocos metros de ellas. Estaba esperando a que vinieran a reclamarme dinero pero nunca vinieron, no sé si es que no me vieron o es que me vieron tan tranquilo que pensaban que ya había pagado. Después, como todos los días, nos dirigimos al hotel a descansar y bañarnos en la piscina. Una cosa que llamó mi atención de biólogo desde el primer día en el hotel es la cantidad de tórtolas que había, tantas como palomas, algo que aquí es inimaginable. Además del color de las palomas, mucho más predominante el marrón y el blanco que aquí, donde prácticamente todas son grises.


Al volver a ponernos en marcha vimos otra de las cosas más sorprendentes del viaje: no había nadie por la calle. Fuimos caminando hasta la avenida Mohamed VI, que es de las más importantes de la ciudad y fue impactante ver que no había ni un solo coche. El sol acababa de esconderse poniendo fin a un duro día de ayuno y todos estarían comiendo en sus casas. Como cada día hemos salido a una hora diferente hemos visto como evoluciona el ambiente callejero a lo largo del día de ramadán. Al menos tuvimos suerte de que pasara un taxi y en vez de pedirle que nos llevara a la plaza, como siempre, le pedimos que nos llevara al Museo de Marrakech, para volver caminando a la plaza por callejuelas que no hubiéramos visto. Y así fue como vivimos algo tremendamente impactante, al menos para mí. En Madrid ni loco se me ocurriría ir de noche por calles oscuras y estrechas, sin nadie, con todo cerrado y con una pinta de guiris que parecen pedir a gritos que nos atraquen. Y lo cierto es que en ningún momento pasamos miedo, ni una mala mirada de los pocos transeúntes, ni la más mínima sensación de peligro. En ese momento entendí que cuando se dice que en Marrakech no hay delincuencia no es una forma de hablar, es la pura realidad.

Y llegamos una vez más a Jamaa el Fna donde nos tomamos algo en uno de los cafés más famosos de Marrakech, el Café Glacier, con unas excelentes vistas de la plaza recobrando su vida. Aprovecho este momento para reivindicar los botellines de coca-cola de 35 centilitros que con los de 20 de aquí de España no me entero de nada. Después nos fuimos a hacer las penúltimas compras y callejeando aparecimos en unos zocos que no habíamos visto y que tenían escaleras y estaban a distintas alturas. Para cenar fuimos al kebab donde habíamos comido el día anterior y comimos una riquísima hamburguesa con queso. Lo malo es que solo quedaba sitio al lado de la estufa que calienta el kebab y mi espalda pasó un poco de calor. Para terminar la última noche un bañito nocturno en la piscina del hotel antes de dormir.

 

P.D: Querida fan, por fin aquí lo tienes

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